domingo, 15 de febrero de 2009

Rodrigo Lira, la Lira del Roro, Lírica del Rigo, Rodri el antilírico


¿Cuánto respeto literario puede tenérseles a poetas como Neruda o Mistral? ¿Es el Nobel un buen criterio para considerar a un escritor “bueno”? Sin duda alguna, esta última interrogante arrojaría como respuesta un rotundo NO. Un NO mayor que al del plebiscito de 1988. Un NO mayor que la negación sexual que nos hizo esa mujer por quien nos excitamos más de lo que corresponde. Lira viene a ser eso: un NO radical; una negación al modelo nerudiano, mistraliano y zuritano. Un no que nos invita a decir Sí con derecho poético y desacreditado. Decir Sí sin la necesidad de hipotecarme como lector ante una Editorial de las grandes. Un Sí que se contraviene con cualquier encargo literario de los que la dictadura le ordenó a Rosasco.

Lira vive y pervive; sobrevive con duda y encanto, hoy, bajo un paraguas llamado homenaje póstumo, situación que ha afectado a muchos intelectuales –sobre todo en las letras- como si fuera tan normal comer al desayuno carne de avestruz con cebolla cortada a plumas. Lira dejó una herencia justo antes de que se acabara el siglo. Los herederos –sólo unos pocos- han logrado detectar algún atisbo rancio del mensaje propuesto por el poeta, empero, la mayoría se ha dedicado a hacer literatura, y de la mala, de esa que le encanta vender a las editoriales.

Antes el reconocimiento se centró en el Emperador Huidobro, el díscolo –más que Zaldívar- Neruda, cuya inconsecuencia denunció Pablo de Rokha en su momento, y por supuesto, la más norteamericana que chilena: Lúcila Godoy Alcayaga. El tiempo transcurrió y de la traición de González Videla se vino la cristianización de Frei Montalva, pero con ello una nueva camada –viejos para el entonces- de poetas que replantearon la forma de escribir poesía con notables resultados. La antipoesía estuvo a cargo de Parra. De Santiago el alcalde poético fue Lihn. El bohemio endemoniado fue un introspectivo Teillier, mientras que el voyerismo psicopático se encuentra vigente con el deslenguado Bertoni. Lo político fue atacado por Millán. Pero ellos tuvieron un centro que los atrajo desde esa periferia demarcada –y acentuada- luego en el régimen de Pinochet; una delimitación que se caracterizó por omitir las voces de un discurso tan libre como es la lírica, pero a la vez un centro que los rescató a tiempo para dar la fuerza escritural que hasta ese momento había estado empañada del novelesco y comercial movimiento editorial de la Nueva Narrativa Chilena.

Lira se convirtió años después en un símil de artista desesperado que no triunfa en TV –o que no triunfa como él esperaba en Cuánto vale el show-, un hombre, además poeta, que se acostumbró a vivir con el remordimiento poético que lo llevó a competir con él mismo, para enterarse al final que no llegó último, pero tampoco primero; ni éxito ni fracaso. Lira murió antes de morir a fin de rebuscar en su genética literaria aquella experimentación que nadie antes se atrevió a practicar. El costo era alto; la vida, que Lira supo ofrecer en la medida que mejor le acomodó. ¿Cuándo se es buen poeta? Cuando se está colocando la vida por sobre el materialismo barato de la fama. Se es buen poeta cuando con la misma voluntad alcohólica de un viejo pescador se lanza a la mar de ideas para atrapar aquellos versos que nos congelan las gónadas y petrifican las lágrimas. Se es poeta cuando se escribe incólume colgado de un cable eléctrico por el cual los voltios nos hace la más relajante cosquilla orgásmica. Lira no murió una, sino que un número infinito de veces. Murió cuantas veces quiso, porque eso hace un poeta, se da gustos que los demás mortales no son capaces de satisfacer. Lira no fue el Cristo del Elqui, pero si fue un Verlaine que enamoró a enloquecidas rimbaudianas, o sea, poetas actuales.

Hoy la poesía se ha desmoronado tan lentamente como debe leerse un Osvaldo Lamborgini. O, quizás, se ha construido tan farandulescamente que hoy no se lee poesía en las antologías, sino que en las páginas centrales de papel cuché. No fue posible encontrar a Lira en una Cosas, Caras, Paula o Vanidades, pero si hurgó entre todas las cosas, derritió las mejores caras, quiso follar con Paula y liberó sus vanidades.

El 26 de diciembre a las 11.00 hrs. am. se cumple un nuevo aniversario de la muerte del metapoeta. Un joven burlón que a sus 32 años escribía poesía cual si estuviese conversando sus temas académicos a los que se dedicó durante un tiempo; primero Psicología y luego la carrera de Filosofía. Rodrigo y su vanguardia desconocida. Lira y la carga poética de fin de siglo, que ha desconcertado, incluso, a los serios críticos literarios que no se atreven a leerlo o, mucho menos, mencionarlo en antologías o diccionarios de literatura. Un joven que nació como un mortal adolescente para morir como un poeta experimentado. Un “Cabro Chico” que se dignó a desafiar el molde clásico de la métrica lírica que impusieron aquellos que ganaron los grandes premios de la academia. Un metapoeta que no se entregó al snobismo burgués o al lobbysmo poético actual que les permite protegerse entre ellos bajo la misma chequera: los Fondart. Lira y su vida literaria absorbida por la desilusión de no comprender la humosa mortalidad como condición humana o como decía él: pasan cosas en las camas, salen canas / en las sienes, del vino del que no vino / se cata el buquet / (si no conocen a Parra, conocerán a Arrocet…), / y el mistral, un viento tibio(&), y la Neruda (fabulosa bestia / marina, pariente lejano de la ballena y las sirenas –u ondinas) / son buenos a cualquier hora / para inspirar a señoras / casadas o separadas / o bien solteras, y hasta viudas / (¡pueden gozarlos desnudas…!) y, / como de costumbre, el amor: / perenne pena dulzona / erotismos eternamente etéreos / calmados o apasionados, amor / variado: vendido o rematado o regalado…

Lira, Rodrigo, Lira, Rodrigo, Lira, Rodrigo, Lira, Rodrigo, Lira, Rodrigo, Rodrigo, Lira, Rodrigo…

Por Rodrigo Oyaneder

Los necesarios caprichos de Spider Robertson


Las imágenes pueden ser estrambóticas fotografías o viñetas de un notable comic. Si son fotografías, fueron captadas por una nanopolaroid digital instalada en los inauditos anteojos de Spider Jerusalem. Si son viñetas, la singularidad gráfica de Darick Robertson irrita por su perfección mimética de la cotidianidad en alteración. Las imágenes no intentan ser el testigo delator del desperfecto social que retratan. Tan solo, son una mirada pasiva a la escenificación habitual que rodea a la ciudad. Un atisbo costumbrista del 2061.

Las imágenes:

1.- Los perreros llevan su mercadería al mercado. En el matadero de perros. Dos obreros llevan en un palo a un perro desollado, destripado y ahumado. Uno de ellos es un gordo que va sin polera. Deja al descubierto su desproporcionalidad física, como también una cicatriz que pudiera ser causada por apendicitis o por un utensilio cortopunzante. El otro lleva un pañuelo rojo en la cabeza y un delantal de matarife. Son sus únicas vestimentas. Ambos parecen exhaustos. Poseen esa expresión de quienes han sobreexplotado su capacidad física por unos cuantos pesos o de quienes han atravesado un campo minado con éxito. En el suelo se aprecian cuatro perros muertos. La escena está atiborrada de barriles de lata que expelen fuego. Como las fogatas que hacen los vagabundos.

2.- Los antipayasos del Instituto de Terapia Infantil del Terror Tolerable. Ocho antipayasos caminan a sus casas después de un día laboral. Todos los antipayasos son iguales. Se parecen a Nixon. Es más, es probable que sean clones de Nixon. Por lo tanto, es posible advertir que se dirigen al mismo lugar: un laboratorio clínico-genético donde pernoctarán en cubículos individuales que examinará el funcionamiento básico de cada órgano humano. Todos intentan sonreír. Van vestidos como los Perros de la Calle.

3.- La nueva escoria. Esta fotografía o viñeta tiene una inscripción: “Y la noche desciende sobre la cuidad, y las putas y los capellanes del whisky y los chuta-organos y los borrachos salen todos, vivos mientras los clientes y los bares aguanten. Somos nosotros”. En la noche. La calle está atiborrada de una biología nocturna que recorre la cuidad como una jauría de esquizofrénicos. Todos parecen salidos de las ideas más tóxicas de Baradit, Wilcock, Borges y Palahniuk. Por nombrar algunos: un gordo chico con vestimenta de boxeador-incluso lleva puesto los guantes- que guarda cierta similitud con don Francisco. Lleva una polera sin mangas en la que se lee blow job (trabajo golpeando) y un tatuaje en su hombro izquierdo que dice yes. Un hippie inyectándose como si estuviera atándose los zapatos. Una puta vestida con una chaqueta de piel- se puede reparar en que al menos 4 animales de distinta especie fueron asesinados para elaborar ese abrigo-, unos sostenes de hierro, una mini negra que se afirma gracias a un cinturón del que cuelgan granadas y unas botas con plataforma que brillan en la oscuridad. Sobre su pelvis, rozándole la entrepierna, cuelga una rata muerta. El cinturón tiene una hebilla en el que se puede leer honey white (miel blanca) y en su collar, que es un collar de perro, trae enganchado un adminículo de oro con la inscripción lust for life (lujuria por vida). Un neonazi, o un neo-neonazi, probablemente borracho. Con una mano apretuja sus genitales y con la otra saluda al fuhrer.

4.- Un miembro de Pro-vida. Se le ve aterrorizado. Suda. Y posiblemente tiembla. Está abriendo su tienda de adopción. Lo hace con cautela, como si estuviera desactivando un explosivo. En el bolsillo de su chaqueta trae un arma. La mitad de ésta sobresale. Está a la mano. Por cualquier cosa. Nadie sabe cuándo ni cómo pueden pasar las desgracias. Sobre todo con los reiterados ataques de los pro-abortistas.

Por Camilo Tapia



Blow Job Colectivo


Hablemo a lo vió: la narrativa chilena, la del primer decenio del siglo XXI, ha sabido dislocar esa tradición escritural que, a veces, o en realidad, muy frecuentemente, desanima, aburre o juatea. Porque ésta es escritura hecha desde la fisura de la literatura; es decir, desde esa grieta donde la literatura se confunde o se conjuga con la multiplicidad de formas narrativas, forjando obras mutantes hasta lo inconcebible. Y eso, a mi entender, es bueno. Buenísimo. Ya que, al lado de la prematura experimentación del laboratorio literario de los ´80 y de la producción escritural de cartón de los ´90, obras como Ygdrasil, Caja Negra o Bonsái –sin olvidar a Synco, La Vida privada de los árboles o Música Marciana, si es que debería agregar Cien- parecen tener mucho más ruido, mucha más saturación, mucho slipstream y poco, a ratos o bastante en otros ratos, de literatura. Son novelas que era necesario que se escribieran en Chile. Novelas que, desde una óptica de apertura escritural, parecen ser los acoples claves de una música piante que intenta armonizarse.

Y, tal vez, solo tal vez, esta renovación tenga sus antecedentes en: uno, la buena lectura que los autores de esta generación hicieron de Bolaño, para quien la poesía del siglo XXI era la novela. Y, como estamo hablando a lo caallero, digámoslo: la poesía chilena, desde Rodrigo Lira, no, mejor desde esa especie de canon que intentó establecer Enrique Lihn en sus carteos con Bolaño y que denominó los Seis Tigres de la Poesía Chilena[1], no ha exhibido nada nuevo. En otras palabras, la elaboración actual de poesía no es más que un tumor en la obra o en los lomos de estos felinos. Pero tranqui, con este panorama hasta a mí se me hace, ya que desde el filtro que da Bolaño, la new poesía chilena, aunque suene un tanto idiota, la está escribiendo esta generación, estos autores, estos libros. Dos, la existencia de George Perec. Ahí no ma. Tres, la disímil nutrición que poseen estas novelas que poco o nada le deben a la literatura académicamente sometida. Por el contrario, éstas son obras que se lían junto con el animé, el manga, el cine de bajo presupuesto, los cómics, la filosofía punki de Ricky Espinoza, los periféricos subgéneros literarios, la trucha televisión chilena, la, aún más trucha, década de los ´90, el new age, el street art, Internet, el ciber espacio, la mitología chilena y los animales raros que aún hasta el día de hoy se excluyen de la literatura.

Estoy hablando de Jorge Baradit, de Álvaro Bisama, de Alejandro Zambra, en un segundo escalafón de Francisco Ortega y, más abajo pero más, más abajo, de Mike Wilson.

Por lo tanto, tasemo:

Baradit publica en el 2006 Ygdrasil y deja la patá. Una novela de Sci Fi capaz de licuar mitología regionalista, esoterismo, procesos históricos fantasmas, pornografía y el ciberespacio; todo acicalado con poesía hardcore de dispositivos tan diversos como el password para ingresar a un machitún. Es una Sci Fi a la chilena, a la latinoamericana, pero al mismo tiempo, una novela que extirpa toda supeditación incubatoria de tradición literaria, para amamantarse fruitivamente de componentes culturales orientales. Porque Ygdrasil parece escrita por un otaku, es decir, por un fanático patológico. El resultado: una novela que pareciera ser un animé o el posible guión de un buen cómic.

Álvaro Bisama ha publicado los libros de crónica Zona Cero (2003) y Postales Urbanas (2006), las novelas Caja Negra (2006) y Música Marciana (2008) y Cien Libros Chilenos (2008) donde intenta descifrar las transfiguraciones que ha sufrido Chile desde La Araucana hasta Ygdrasil. Respecto a su primera novela, Bisama, como un científico piante parece extremar con la experimentación y con la mutación y con la disgregación de la médula vertebral de la narratividad. Caja Negra es un libro salido de tubos de ensayo, pero no de los meticulosísimos ensayos de Diamela Eltit, sino de experimentaciones más bien casuales, accidentales. Un buen ejemplo del proyecto slipstrem escrito acá, en Chile.

Alejandro Zambra - el más silente de esta clika, pero también, creo, el más chorizo – publica Bonsái y La Vida Privada de los Árboles (2007) por Anagrama. Bonsái es una miniatura, respecto a la mínima cantidad de páginas que posee, pero que, al igual que un bonsái, tiene una mística cuática. Pero claro, esta mística no es tan mística, es literaria. Zambra, en Bonsái, esboza un resumen hecho a la rápida que se concreta en una sinopsis editada con precisión. El fansfilm de una obra literaria inexistente que la propia novela niega, porque el resto, todo ese engranaje de situaciones que circundan a un simple hecho, es literatura.

Hasta aquí, todo bien. Como ya dije, buenísimo. Todo bien también con Francisco Ortega, quien en El Número Kaifman pone a Chile como geografía de una conspiración que data del siglo XII y que recorre desde el régimen nazi, pasando por el Pentágono, hasta los más altos cargos del Vaticano. Entre medio, hace explotar el patio de comidas del Mall Plaza Arauco, crea un Hardware biológico y pone como protagonista de estas aventuras a un solterón de ultraderecha.

Bien. Pero como no he dejado de hablar a lo vió, y me percato, me doy cuenta, tomo conciencia de que, con la aparición de El Púgil (2008) de Mike Wilson, a esta generación – a excepción de esa especie de Ickins de Ahhhhhh Monstruos que es Alejandro Zambra – se le nota mucho el mariconeo, el sobajeo literario, el Blow Job colectivo que practican para encumbrar una novela que está muy por debajo de la calidad escritural actual.


Bisama dice: “Hay algo que perturba en El Púgil: tras su piel de low tech y sus citas al imaginario pop […] brilla acá la nostalgia de una épica rota”. Ortega sentencia: “Mike Wilson escribió una novela que es al mismo tiempo una enciclopedia pop…de ese pop que es parte del disco duro de la humanidad del siglo XX, XXI, XXII y lo que siga…”. Y Baradit emite: “Mike Wilson induce a la colisión la realidad, la cita y la memoria para fabricar […] una especie de derrumbe por sobrecarga en la mente del lector”. En una actitud que hace que se arrodillen hasta la pelvis de Wilson y que, desvergonzadamente, critiquen felando.

Por supuesto, El Púgil tiene cosas buenas, aunque mínimas, como la trinidad transfiguracional en la que, a lo largo de la novela, se procesa el protagonista y la irrupción gramatical del habla de un modelo, más o menos rústico, de una IA que. Es. Más. O. Menos. Así. Pero está lo malo, el escritor chileno-norteamenricano-argentino hace una novela que, al parecer, debe descomprimirse en WinRAR, ya que es un acopio o una lista de citas prensadas. Y esto, es decir el inventario pop que sus amigos enaltecen, es lo que desmenuza a El Púgil. Primero, porque algunas de las citas se clonan hasta la saciedad, no, hasta la saciedad no, hasta la coronilla, en una novela que no supera las 150 páginas. En otras palabras, el 60% de la escritura de El Púgil es reiteración de cita, reiteración de cita, reiteración de cita, reiteración de cita. Y segundo, porque estas citas, a excepción del cuento inconcluso de K. Dick y de la nevazón homicida que resulta ser El Eternauta, derivan de una cultura que para nosotros, los lectores que teníamos entre cinco o siete años en 1990, nos parece demasiado relativa, demasiado familiar. Es el pop que masticábamos mientras nos hacíamos adolescentes: las películas que la televisión canonizó con una, o a veces dos, transmisiones al año, los primeros animés que se masificaron en Chile, la producción fílmica de Sci Fi de los últimos diez años y las siempre ricas heroínas hetairas. ¡Holaaaaa enfermera! Y posiblemente esta cultura nos haya cautivado, incluso fanatizado, pero cuando teníamos 10 ó 12 ó 14 años. Hoy en día sabe a descompuesto, lo que hace que El Púgil se ensamble mal, con piezas obsoletas y encajadas a la fuerza, como si Mike Wilson se hubiese estado quedando atrás de esa detonación visceral que es, en la literatura, la primera decena del año 2000, como si hubiese escrito su libro en tanto hacía clases. Todo, para estar sentado en las conferencias, al lado de sus amigos, al lado de sus críticos: al lado de los grandes.

[1] Estos autores son: Claudio Bertoni, Diego Maqueira, Juan Luis Martínez, Rodrigo Lira – que, no es porque lo diga el Woody Allen de Bolaño, es el mejor de esta crew - , Armando Rubio y el mismo Roberto Bolaño, quienes constituyen una especie de Watchmen al interior de la poesía chilena. Y lo digo, primero, porque supieron - a pesar de los traumas de algunos y de la esquizofrenia de otros - salir victoriosos de las sombras de esos supervillanos en que se habían convertido Neruda, de Rokha y Huidobro; segundo, porque sus antecesores son Los Minutemen de la generación del ´50 y, tercero, porque pese a la subterraneidad a la que estaban condenados – por esa especie de Tratado Keene que es la academia - , hoy en día se leen, se publican sus textos inéditos y se estudian en las universidades. Con respecto a lo de Lihn, destacar la capacidad de análisis literario que realizaba a mediados de los ´80. Lihn presagió, como un oráculo, que éstos eran los autores que se estarían leyendo en el año 2000. Y no se equivocó.

Por Camilo Tapia






¿Qué Pasó con las Nuevas Promesas del Cine Norteamericano?


La década de los setenta es conocida como la edad dorada del nuevo cine norteamericano. Estrenan sus filmes Coppola, Scorsese, Kubrick (el más grande del lote), Spielberg, Lucas, Polanski, Allen. La vara quedaba alta para los nuevos directores, no era tarea fácil porque aparte de ser cintas muy rentables algunas iban a pasar a la historia y se verían en cincuenta o sesenta años más.

Ahora que Coppola filma poco y mal; que Scorsese no ha podido hacer algo importante desde Goodfellas; que Kubrick murió hace diez años; que Spielberg ya no trata de disimular que le gusta a rabiar la industria y el dinero; que Lucas sigue sacándole dividendos a Star Wars; que Polanski se ha vuelto más dispar que nunca; y que Allen concita más atención de la que se merece (aunque el 2005 con Match Point nos entregó su mejor título) no sería mal momento para repasar qué ha sido de los nuevos directores, esos que empezaron e estrenar en la década de los 80 y 90 y eran considerados la generación de recambio de esos colosos audiovisuales. Es cierto que las carreras de ninguno de los miembros de ambos grupos está terminada, pero no es mala idea sacar algunas cuentas de lo que ha sido el cine norteamericano (el de mayor difusión e influencia en la actualidad, cabe recordarlo aunque sea una perogrullada). Perdonen el atrevimiento pero ahí vamos.

Quentin Tarantino (1963): Estrenó su primer film en 1992 (Reservoir Dogs) y la rompió. Pasó a ser el nuevo niño mimado de Hollywood. Aunque algunos lo acusaron de decretar la muerte del cine independiente, luego se convirtió en un director respetado por todos. Posiblemente sea el más pop y venerado del grupo, pero tuvo un problema que hoy lo hace desechable: su primer film fue el mejor. Todo lo demás es una caída libre que parece no detenerse. Si bien Pulp Fiction ganó Cannes, vista hoy no pasa de ser una cinta con momentos filmados para ser parte de algún programa de recuentos con las escenas más extrañas de las últimas décadas. Después vinieron Jackie Brown, Kill Bill vol. I y vol. II y Death Proof. Esta última un intento por rendir tributo a las malas películas de los 80 que le salió extraordinariamente bien. Pronto a estrenar Inglorius Bastards (2009), su visión sobre la Segunda Guerra Mundial, ya no se espera nada de él. Puede que el título de su próximo film sea una tanto autorreferente.

Joel y Ethan Coen (1954/1957): Su primera película es Blood Simple (1985), éxito del cine independiente y que se ganó el respeto de la crítica a pesar de su violencia. Con una obra que revisa varios géneros (sobre todo el cine negro y la comedia) tienen a su haber títulos imperdibles como Raising Arizona, Barton Fink (por el que ganaron Cannes), Fargo (inolvidable) y No Country for Old Men (Oscar a la mejor película y mejor director). Aunque tienen una etapa de comedias absolutamente deleznables como The Ladykillers o Intolerable Cruelty, no se puede renegar de ellos. Han construido una obra intensa y arriesgada, lo demostraron con su último film (una reflexión sobre el mal redondita y muy recomendable). En Europa hace unas semanas se estrenó Burn After Reading con súper estrellas en el reparto. Ahí veremos si este monstruo de dos cabezas logra recuperar su ímpetu o sólo fue un destello en la oscuridad (que me perdone Melanie Griffith).

Tim Burton (1958): Este es uno de los directores más sobrevalorados de los últimos tiempos. Si bien es cierto que tiene unos cuantos títulos aceptables como las dos Batman que filmó o Big Fish y que se convirtió en un ícono para ciertos grupos alternativos, sobre todo por sus animaciones; no pasa de ser un buen decorador de interiores. Propenso a la sensiblería, sus personajes son todos dark y/o freak (a parte de que todos son Johnny Deep o lo que él ha tratado de construirse como imagen). Antonio Martínez dijo en el Wikén que Burton se formó viendo las películas de Roger Cormac y de terror medias malas y que por eso no podía filmar algo importante, tiene razón.

Paul Thomas Anderson (1970): Uno de los más jóvenes del grupo tiene a su haber cinco cintas (la primera, Sidney, no la he visto así que la obviaré) y ninguna de ellas es nimia o superficial: Boogie Nights (la historia de un actor porno superdotado); Magnolia (un relato coral sobre la paternidad y la redención); Punch- Drunk Love (un intento extraño por acercarse a la industria) y There Will Be Blood (la historia de un ambicioso empresario petrolero en la época de los inicios de su explotación). Anderson no es un director que se ande con chicas, es pretencioso y sus películas superan las dos horas, pero ha construido una obra sólido sobre la base de su profundo conocimiento del lenguaje cinematográfico. Es uno de los más hábiles del lote y puede vanagloriarse de sacar lo mejor de los actores con los que trabaja. Además, tiene una obra maestra a su haber: Magnolia. Una película impresionante, infartante y pausada, graciosa y melancólica, pero sobre todo impredecible. Infaltable en cualquier lista de los mejores títulos de la década de los noventa. De él espero mucho.

Brian Synger (1965): Es autor de dos joyas, aunque una de ellas ha sido injustamente olvidada. Me refiero a Apt Pupil, la historia de un alto militar nazi (un soberbio Ian McKellen) que es extorsionado por un joven estudiante obsesionado con el mundo del nacionalsocialismo. Ellos comienzan una extraña amistad que se cimenta en el relato de las atrocidades cometidas en los campos de concentración. Los recuerdos del alemán comienzan a aflorar y la violencia y bestialidad acaban por atormentar a los protagonistas. El pasado regresa más vivo que nunca amenazando incluso al joven, pero él aprendió muy bien de su maestro. La otra imperdible es The Usual Suspects con un clímax de antología. Luego de eso hizo la nada despreciable X-Men, pero cayó en X- Men 2 y en Superman Returns. Esperemos que enderece el rumbo.

Quedan fuera nombres como Sam Raimi (enredado a más no poder), Todd Haynes (más esquizoide que nunca), Peter Jackson (Heavenly Creatures fascina a cualquiera), Steven Sodenberg (una estafa total), Sam Mendes (que se demora mucho entre película y película para lo que entrega como producto final), Guillermo del Toro (el sucesor de George Lucas, con todas sus bajezas), Wes Anderson (el que se está convirtiendo en una copia de sí mismo) entre otros. Los nombres pueden ser varios más, sólo hay una cosa clara: seguimos esperando.

Por Julio Riffo

Porno dadaísmo v/s Dios

He estado escribiendo poco, pero bueno, poco, en consideración cuando no se me aparecen estos fantasmas, (fantasmas, debo decir fantasmas) y toda esa basura literaria.

Porno Dadaísmo. Porno dadaísmo frente a Dios, versus Dios.
Porno dadá, por si a alguien no le queda claro; es “Porno” porque no busca la sublimación del deseo en el acto sexual, o esteriotipar el sexo inserto en una estética enfrascada y disoluta a través del arte. No, el Porno dadaísmo no busca perpetuar una belleza, que enmascare el deseo impertérrito propio del acto sexual, si no más bien, busca la excitación implícita del lector, en un juego de complicidad (sin importar que sea masturbatoria, o sexual, implícitamente hablando) como todo lo referente al porno.
La poiesis como un onanismo mental, el goce estético como un orgasmo catártico.

Quieren que escriba y quieren que sea sincero, pues voy a darles una patada en los huevos.
No creo en la frigidez literaria. No apruebo el libro como objeto de consumo, no asiento satisfecho frente a la crítica lame-verga, ni a la crítica besa culos. No creo en la literatura que actúa como un buffet de abogados, cafeinómanos de día, cocainómanos de noche. Ni menos aun, creo, en la literatura como un callejón oscuro, en medio de una ciudad descarnada, en donde aguardan descuartizadores armados, esperando por desollarte…
Bueno, eso a veces si. Sobre todo cuando uno es el descuartizador.

No, no creo en ninguna de las erratas, en que el lector-ciudadano común cree, y se ve envuelto cada vez que se enfrenta a un nuevo producto cultural.

Creo en el porno dadaísmo, por que es una ironía bivalente, que traumatiza, y que tiende a sufragar al lector, en un acto que trasciende más en el karma y el budismo Zen, que en la absurda solemnidad de la espiritualidad religiosa, y sus anagogías místicas dogmatizantes, las cuales, constantemente reprimen al ser creador o debilitan el sentido natural de la obra. Yo propongo en cambio, la libertad de la fusión carnal, en su más pura expresión; sin miramientos, ni recovecos morales, sin estéticas de por medio, permitiendo de paso, reír descarada y socarronamente, de todo aquello -o todo aquel- que no se siente idealizado ni representado. (O sea entiéndase, como todo aquello –o todos quienes- que jamás se ha echado un buen polvo, pero un polvo de verdad, de esos que te hacen delirar).

Yo tengo mi propio público objetivo, para ellos, dos palabras que ayudarán a corroer definitivamente, hasta en su más indeleble partícula, a la literatura de masas idiotizada: Porno dadaísmo. Dadaísmo, por que fue -y hoy es- una vanguardia que se propuso destruir, todo lo que interviene en el arte, lo enloda, en el afán de bellaza, de culto, de desidia. Por que lo desenmascara respecto a su eterna búsqueda del ideal burgués y su sustrato significativamente estético, e idiota, todo aquello que mira, pero no mira, o lee, pero no lee, y luego dice -ummm… interesante- no me digan que no saben a que me refiero.

Pero no, no es eso solamente, entiéndanme, esto es soberbia pura, agonía y soberbia pura, todos somos jóvenes y bellos (bellos quizás no tanto), no es de extrañar entonces que algunos no les guste todo esto, y que prefieran seguir insinuando sinesteticamente.

Entonces… Porno-Dadá versus Dios ¿Porqué no?, porno dadaísmo frente a lo que nos condena, nos subyuga, nos desarraiga de lo que realmente somos, porno dadaísmo frente al dios que nos condena socialmente y que sólo nos ofrece esa atrición asfixiante que se ve reflejada en todas nuestras producciones culturales.
Juzguen ustedes mismos… Allá ustedes…

Relativo

2
E = MC

Energía es igual a DiosDios es igual al espíritu, sustancia etérea que nos ataca y no conocemosEnergía es igual al creador de la vida, ese que no existe, aquel que el hombre entre convicción y convención crea, en nombre de la fe.

Sentenciado por su miedo ante la dimensión que palpa, el hombre tampoco existe, entonces el hombre no es energía…Es sólo el combustible del sueño que sustenta la idea, del universo, el espacio, y el tiempo.Creo en el rencor, dios padre todopoderoso y sé que la masa partida por la velocidad del dolor es igual a la nostalgia y que multiplicada al cuadrado, es igual al desconsuelo…Es también verdad que esto no es un secreto a voces…Hoy te lo revelo para que no seas ingenuaCariño, la relatividad está entre nosotros, relativo es que te amo, o al menos eso dicen mis impresiones hipersensoriales, relativa es la manera que tengo de mirarte, relativo es nuestro espacio infinito, relativo es que vivo de la equivalencia de tu masa poética y mi energía con forma de radiación.Yo sé… que cuando visualizamos el infinito, y destrozamos un par de átomos,Tendemos a fusionarnos en una sola teoría inmoralCobijados en una pasional y cinética forma de dimensión.
Por Beto






Endereza la cabeza

Es difícil no empezar una crónica sobre Rodrigo Lira sin caer en el mito. Que se acostaba con las gallinas, que no salía mucho, que calentaba agua en una olla, que se mató el día de su cumpleaños cortándose las venas en la tina, cabro todavía, sin llegar a los 30.

Eso, porque empezar de una lectura, una lectura seria, documentada, con citas MLA y todo el cuento, es mucho más difícil. Difícil en cuanto la edición de sus obras completas preparada por Enrique Lihn se convirtió en material de culto al desaparecer rápidamente (de hecho el único ejemplar que tuve en mis manos fue un anillado de fotocopias que me prestó Raimundo Nenén y que después se le quemó en el incendio de su casa, lo que comprueba mi teoría que era mucho mejor habérselo robado, pero bueno, los amigos son los amigos…).

Siguiendo con este insigne poeta ochenteno, de patillas y yoqui para taparle la pelada, la segunda edición fue concretada por la Diego Portales, la universidad de los poetas: Lihn, Lira, Bertoni, Parra, Martínez, Millán, son algunos de sus publicados. Lo malo es que salió a la venta al módico precio de 20 lucas y con eso me pego un pique a la Avenida Argentina y me vengo con un saco de libros al hombro comiéndome un par de empanadas y tomándome un jugo con helado para la caña del domingo en la mañana.

Ahora, en Internet la cosa no cambia mucho, aparte del poema de las cebollas, no aparece más.

Rodrigo Lira, pasando a lo personal, fue una figura de culto en mis primeros años de borrachera. Nos juntábamos una patota a tomar con la excusa de conversar sobre temas importantes y de Nietzsche a Coelho, pelábamos como viejas. Nos pusimos "El círculo hermético" los patudos, en honor a Miguel Serrano y su amistad con Hesse. Nos cagamos de la risa cuando al hombre le dio por decir vía The Clinic que Hesse lo penaba. Que pasaban noches enteras conversando de temas profundos y verdaderos y viendo como el mundo iba de mal en peor gracias a la expansión del dominio judío.

Y claro, también aparecía Lira en las conversaciones. Que lo habían hecho mierda a electrochoques. Que su mejor poema era el Autorretrato (aparte del de las cebollas era el único que habíamos leído, pero que mierda le importa eso a una tropa de weones curaos). Que para pedir pega había usado como currículo un collage. Que le había mandado un sapo en una caja a Enrique Lihn como poética pedida de mano a la hija. Más encima, le pidió una respuesta "Haga acuse de recibo". Lihn le tiró el sapo por la cabeza "no hago acuso de su mierda" le gritó. Que no contento con eso le hizo los puntos a la hija de Parra y a las hijas de otros poetas consagrados a la época, por que, según él, era la mejor manera de entrar al mundillo literario en gloria y majestad. Lo cierto es que ninguna lo pescó, básicamente porque eran todas cabras chicas que todavía jugaban con muñecas.

Una vez llegado a la U pude entender algo de este muchachín, eso si. Que era una creación muy propia de lo que es la universidad chilena y su mundillo literario que, francamente, le importa poco o nada al resto del mundo, incluyendo a la propia universidad.

Este mundillo ama las miserias humanas, basta con leer un libro de Diamela Eltit para comprobarlo: incesto, miseria en su peor estado de degradación, niñitos violados y la cacha de la espada. Basta recordar a sus fetos culiadores del cuarto mundo. Nunca había leído en mi vida algo tan ridículo como los mellizos "refregándose sus cositas" en el útero. Y eso que por culpa de una minita que me comía tuve que leer varios de Coelho y Carlos Cautemoc (o como se escriba).

Por eso no es raro que un tipo que haya sufrido cada día a las 7 de la tarde, porque según él, a esa hora se juntaba todo el mundo a echar cachita o que soñara con mariposas con vaginas al medio, escalara tan rápido a la categoría de héroe. Meritos no le faltaban, en todo caso, era medio surrealista eso sí y a mi esa ondita no me gusta mucho, pero era bueno, no notable, pero bueno.

Una de las escenas que recuerdo de él, aparecida en el The Clinic, es en la que la pintora de la que estaba enamorado se tuvo que quedar en su departamento toda la noche porque se le había cerrado la puerta de la casa. La minoca andaba en pura bata (onda fantasía de escolar pajero) y el pobre hombre trató de agarrársela toda la noche con sutiles ofrecimientos como "vente a acostar conmigo" o "tomémonos otra taza de té". No le alcanzó la noche (y así no le hubiera alcanzado una vida) para engrupírsela. Y eso que la mina tenía la llave en el bolsillo.

Termina la crónica del The Clinic con el entierro de Lira: de lejos está mirando una minita, quizá no tan rica como la pintora, pero que le tenía ganas al pobre poeta.

Esto nos deja una valiosa lección: a las minas que se creen artistas cuesta más que la chucha agarrárselas. He dicho.

Por Daniel Toro

AFI: equidad irreal

El Ministerio de Educación anunció a principios de este mes una modificación al llamado Aporte Fiscal Indirecto (AFI) que hasta este año se encargaba de premiar a las universidades que lograban conquistar, como alumnos, a los mejores puntajes en la PSU, pero que ahora además agrega un segundo factor: los mejores promedios de la enseñanza media, que se considerarán en un 50%. Así la idea es equilibrar la balanza en esto de la educación superior, haciendo que los estudiantes más pobres, que generalmente obtienen peores puntajes en las pruebas de selección universitaria, sean mejor cotizados por las casas de estudio.

A simple vista la idea pareciera dar fin a este círculo vicioso que se viene dando desde hace 27 años, cuando se pensó en incentivar la capacidad de selección y la calidad que ofrecían las instituciones con miras a una educación de mercado. Pero si equidad es lo que se busca, ¿se da una solución real al problema?

Para los integrantes del Consejo Asesor Presidencial para la Educación Superior, al parecer sí. Porque determinaron que el fondo fiscal que se entregaba hasta el momento era de carácter progresivo, es decir que el AFI premiaba a los estudiantes con mayores ingresos, ya que son estos los que obtienen mejores puntajes en las pruebas de admisión a las universidades, al estar mejor preparados que los provenientes de escuelas municipales.

Aunque por un lado está claro que la educación en Chile no es equitativa, de hecho así lo demuestran las cifras, del 20% del grupo con menores ingresos, sólo el 13% es parte de la educación superior, contrario a lo que pasa con el rango más alto donde el 53.1% está estudiando en una universidad, según datos de la encuesta Casen de 2006.

La solución no está en hacer creer que ambos estratos competirán por igual, porque sabemos que uno de los dos no cuenta con la misma base que el otro. Por lo mismo, propongo que lo ideal sería que en vez de bajarle importancia a la PSU, se atacaran las razones de fondo por las cuales los más pobres fracasan en ella, como su nutrición, el contexto social que los rodea o la estructura misma de la educación media estatal, para así obtener mejores alumnos que sepan competir directamente con los estudiantes de colegios particulares.

Por otro lado, la polémica altera directamente a los bolsillos de las universidades, pues este año el AFI entregó $19.000 mil millones, entre 84 establecimientos del país, incluyendo universidades públicas y privadas, además de centros de formación técnica e institutos.

La mayor parte de esa torta se la repartieron las universidades Católica y de Chile, llevándose el 40% del total de los fondos. Mientras que para la UPLA el porcentaje alcanzó el 0.2%, lo que se traduce que entre nosotros existan 123 alumnos que forman parte de los 27.500 mejores puntajes de la PSU.

Estas cifras debieran variar considerablemente para el año 2009, perjudicando a algunos y beneficiando a otros. Es por eso que ya se hicieron públicas las quejas, como la del prorrector de la Universidad Católica, Carlos Williamson, quien se mostró disconforme con la medida y propuso “pensar en un sistema más eficaz, que considere todos los instrumentos de financiamiento de manera integral". Además se puso el parche antes de la herida y anunció alzas en los aranceles, para cubrir los $1200 millones menos, que según calcula, recibirían cada año.

También están los que la apoyan y que de algún modo se podrían ver favorecidos con la modificación, como Francisco Javier Gil, director de bachillerato de la Universidad de Santiago, quien le dio valor a la iniciativa diciendo que “quienes son buenos estudiantes en el colegio lo siguen siendo en las universidades”.

Pero a pesar de las opiniones, la nueva AFI ya es un hecho y sus consecuencias nos afectarán a todos. Es de esperar, por lo mismo, que las casas de estudio inventen nuevas fórmulas para mantener este financiamiento; tal vez terminarán por reacondicionar su institucionalidad y al mismo tiempo modificar su sistema de aprendizaje para saber acoger correctamente al nuevo tipo de estudiante, ese que será más precario en lo que a recursos se refiere, pero igual de válido que todos los demás. Por ahora sólo queda esperar para ver la equidad irreal.
Por Francisco Saavedra Cruz